13 septiembre, 2018

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Wittenoom, la ciudad donde respirar te puede matar

Bienvenidos a Wittenoom, Australia, la ciudad donde respirar puede ser lo que te lleve a la tumba. A pesar de la prohibición del Gobierno de habitar la ciudad, del borrado de la misma de los mapas y los carteles en las rutas, el cierre de los caminos que llevan a ella, aun así... hay gente que vive allí y no quiere irse. También es visitada por numerosos turistas, quienes a pesar de las advertencias quieren visitar este lúgubre lugar. ¿Que fue lo que pobló Wittenoom en un principio? ¿Que fue lo que hizo que la población tuviera que abandonar la ciudad? la respuesta es la misma: El amianto azul, el asesino amianto azul.

Señal de advertencia a las afueras de Wittenoom, donde se indican los peligros del Amianto Azul para la salud

Situado en la región de Pilbara, mil y pico kilómetros al norte de Perth, capital de Australia Occidental, Wittenoom fue creado como una colonia industrial para la explotación de una mina de crocidolita, un mineral aislante también denominado “amianto azul”. El amianto azul es un poderoso cancerígeno, hasta el punto que respirar unas pocas fibras de este mineral puede provocar cáncer. El primer caso de la enfermedad se vio en 1948, y le seguirían muchos mas.

Interior de la mina de Wittenoom, en 1958

La mina permaneció abierta hasta el año 1966, el cierre de la misma no fue por temas de salud, sino de rentabilidad. Wittenoom rápidamente gano fama de ser un lugar peligroso y muy toxico. Las voces de protesta pronto llegarían al gobierno Australiano, cada vez se acumulaban mas pruebas de que este sitio era un peligro para la salud de la población.

Wittenoom en 1966, año del cierre de la mina

Tras el cierre de la mina el pueblo, con poco más de un par de cientos de habitantes, siguió existiendo como pequeño centro turístico regional, pese a las numerosas advertencias por parte de diferentes autoridades médicas. Las minas fueron abandonadas pero no selladas, de manera que las fibras de amianto podían encontrarse flotando en el viento sin el menor problema. No fue hasta 1978 cuando, tras una serie de estudios encargados por el gobierno de Perth, se tomó la decisión de clausurar el pueblo.

Australia Occidental puso una pequeña pila de dólares australianos sobre la mesa para pagarles traslados y nuevos hogares a los residentes, de manera que la población comenzó a descender de forma rápida. En 1984 quedaban 90 habitantes; en 1992, la mitad. La escuela, la comisaría de policía y la oficina de correos, junto con cincuenta viviendas y edificios más, fueron demolidos sin contemplaciones por las autoridades. En 1993 se clausuró el aeródromo, pero incluso con tres cuartas partes del pueblo demolido y sin servicios públicos un puñado de cabezas duras escogió permanecer en el pueblo.

Los restos de Wittenoom, en 1995. A día de hoy la imagen es aún más desoladora

Durante las siguientes dos décadas el gobierno de Australia Occidental animó a los pocos habitantes del lugar a abandonarlo, y la mayoría hizo caso, bien voluntariamente, bien obligados por el hecho luctuoso de morirse y tal. La presión del gobierno estatal para obligar a los locales a abandonar sus casas llevó a cortar la electricidad en 2006, a dejar de entregar correo en 2007 y finalmente a borrarlo del listado de lugares oficialmente existentes.

La Gaceta Australiana, una publicación donde se recogen todos los lugares geográficos con nombre del país-continente, eliminó a Wittenoom de sus registros por orden del gobierno. Toda el área de influencia del pueblo fue declarada como “no apta para ninguna forma de ocupación humana”. Cuarenta y seis mil kilómetros cuadrados, un área del tamaño de Aragón o Estonia. La cosa no acabó allí. Las carreteras que llevan al pueblo dejaron de recibir mantenimiento y se borró el nombre del lugar de todas las señales de tráfico. Convirtieron a Wittenoom en un lugar maldito, que no debe ser nombrado.

Un par de señales de tráfico con el nombre de Wittenoom borrado

Para 2012 apenas quedaban 6 residentes en el pueblo, viviendo exclusivamente del turismo. Esos mismos seis habitantes permanecían en el lugar a principios de este año, haciendo frente a la amenaza gubernamental de echarles por las bravas de una vez por todas. Lorraine Thomas, de 73 años, lleva desde 1984 en el pueblo, en el que regenta la tienda de souvenirs. Llegó a Wittenoom por el clima tórrido del lugar, y decidió quedarse.

Es la mayor terrateniente de la localidad después del gobierno y, aunque sus propiedades tienen un valor cercano a cero, no quiere separarse de ellas. Tampoco quiere irse Mario Hartmann, que afirma tener mucho trabajo extrayendo agua de los pozos y que no tiene intención de moverse “porque es un sitio precioso”. Afirmación que comparte con Peter Hewward, que llegó un año más tarde que Hartmann, en 1993. “Cuanto más hace el gobierno por acabar con el pueblo, más bonito me parece”.

La tienda de Lorraine Thomas, y la propia Lorraine en su interior

Para el gobierno el problema no son tanto los seis residentes de Wittenoom como los turistas que van por allí. La Garganta de Wittenoom es un popular destino de acampada para los pueblos cercanos; cercanos en el sentido australiano del término, es decir, a menos de trescientos kilómetros de distancia. De esos turistas viven la media docena de habitantes que resisten en el casi desmantelado lugar; el gobierno preferiría dificultar aún más el acceso al área, puesto que hay cientos de depósitos de amianto azul al aire libre, algunos tan grandes que se pueden ver claramente en Google Maps. Según las asociaciones de afectados por el amianto, y también según el gobierno, la mera exposición momentánea al polvo de amianto puede causar cáncer de pulmón. Afirman que hay casos de personas que pasaron un único día en el lugar y desarrollaron un feroz Mesotelioma.

Depósitos de crocidolita al aire libre en los alrededores de Wittenoom

En total se calcula que para 2020, cuando el conteo finalmente se detendrá, unas dos mil personas habrán padecido consecuencias para la salud por haber residido en Wittenoom, y el total de muertos ascenderá a unos 700. Según diversos estudios, las posibilidades de contraer cáncer de pulmón tras haber vivido en el pueblo tres meses son entre un 20 y un 83% superiores a las de la media de la población. La empresa propietaria de las minas ha desembolsado ya una buena cantidad como indemnización para los afectados, y otro tanto ha hecho el gobierno estatal.

Teniendo en cuenta que el cáncer puede desarrollarse hasta cincuenta años después del contacto con el amianto, se prevén muchos más casos. Casos que no les importan nada en absoluto a los Últimos de Wittenoom; como dice uno de ellos: “Vivir es arriesgarse, si realmente vives tu vida está siempre en riesgo”. Según el presidente de una asociación de afectados, “ir a Wittenoom es como jugar a la ruleta rusa”. Loretta, Peter o Mario llevan décadas jugando y ganando. Y que les dure la suerte.

Una de las mejores vandalizaciones de la historia de Australia