21 septiembre 2014

Cine De Guatemala: Enlaces, Actualización y Eventos











Coincidencia o no, la primera generación de largometrajes guatemaltecos de ficción (1949 – 1953) se dio en el período revolucionario y se detuvo con la contrarrevolución y el inicio de los regímenes autoritarios de corte anticomunista. Cuatro películas rodadas en el país, con participación de connacionales en la producción y en la interpretación, eran un buen presagio para el establecimiento, si no de una industria, al menos de una recurrencia en la realización de filmes. Cuatro vidas (1949) fue el primer filme coproducido con México. En aquel tiempo las coproducciones –hoy una moneda de uso común- no eran consideradas un argumento válido para hablar de cine nacional, por lo que no extraña que esta película siempre haya sido considerada una película mexicana rodada en Guatemala. Si hoy vemos la película, observaremos que hay razones para considerarla más que una incursión de equipo y elenco mexicanos en nuestro país. Además de la interpretación de actores guatemaltecos como Adriana Saravia de Palarea y Alberto Martínez –ciertamente en papeles secundarios-, la bibliografía fílmica mexicana atribuye la coproducción a Guatemala Films y a la mexicana Producciones Brooks. La película fue rodada en escenarios que incluían el Lago de Atitlán y la Antigua Guatemala.

Un filme poco conocido, pero igualmente coproducido con México fue rodado también en nuestro país en 1953. Se trata de El Cristo Negro (Carlos Vejar hijo y José Baviera 1953), que contó entre su elenco con Enrique Arce Behrens, un conocido locutor de radio quien también tuvo contacto con la animación en televisión. Este filme fue estrenado hasta 1955.

Aquí el primer lapso de silencio para los largometrajes guatemaltecos. Por lo difícil de la inversión en un medio difícil, por la represión política que significó la contrarrevolución, el asesinato del líder de la llamada “Liberación” como se denominó a la contrarrevolución y la búsqueda posterior gobernante entre golpes de Estado y sustituciones militares; o quizás por una conjunción planetaria desconocida, no hubo intentos de cine guatemalteco –léase largometrajes de ficción- en el resto de la década. En el filme El silencio de Neto, uno de los silencios de los que se habla es el la sociedad guatemalteca que sufre callada las vejaciones a las que es sometida. Los guatemaltecos y las guatemaltecas más o menos pudieron hablar durante los diez años de la revolución –tampoco hay que olvidar que se vivía una época de polarización política-. Pero la constante posibilidad de recibir acusación de tener simpatías hacia los comunistas o de serlo abiertamente, hicieron que la autocensura enmudeciera si no las conciencias, al menos si las letras y los otros signos. Si la represión abierta o encubierta no tuvieran la suficiente fuerza para desestimular la expresión, la inestabilidad política agregaría otro ingrediente al riesgo de la inversión en la cultura y el arte. En el lapso de 1954 a 1960 hubo seis gobernantes, con el ejército en el papel protagónico aunque no siempre delante de las bambalinas.

Los largometrajes guatemaltecos de 1960 a 1994
Habría que esperar hasta 1960 para que volviéramos a tener otro largometraje, La alegría de vivir, de Alberto Serra, aunque hay quienes la atribuyen a Rafael Lanuza. De acuerdo a lo que hemos documentado, Lanuza hizo la fotografía de esta película, que reiniciaría la producción de cine nacional. Para no cambiar de carrete, otra vez la polémica de las coproducciones surgiría en 1961. Pecado (Alfonso Corona Blake, 1961) trae otra vez a actores reconocidos en el medio mexicano y equipos técnicos de ese país, esta vez con una nueva empresa productora guatemalteca, Panamericans Films, de Manuel Zeceña Diéguez. Se iniciaban dos décadas en las que nuevos largometrajes y nuevos nombres se conocerían en sus esfuerzos por impulsar el cine del país. Casi una treintena de filmes a los que podríamos considerar guatemaltecos se produjeron entre 1961 y 1977. Zeceña Diéguez y Rafael Lanuza fueron los más prolíficos y también los más internacionales, aunque al primero le queda más a la medida esa calificación, pues produjo en varios países muchas más películas de las que podríamos denominar guatemaltecas.



Otros intentos de hacer cine nacional se deben a Carlos del Llano, quien con la colaboración en fotografía de Alberto “El Canche” Serra, realizó en 1968 Los domingos pasarán; y a Otto Coronado, quien nos dejó dos coproducciones siguiendo el patrón de las interpretaciones mexicanas de los westerns de Sergio Leone. La última película de esta generación fue Candelaria (Rafael Lanuza, 1977), la cual da paso a un nuevo lapso de silencio.

Coincidencia o no, de 1978 hasta los primeros años de los noventas Guatemala vivió una de las más desgarradoras épocas de la violencia política latinoamericana y durante ese período solo se filmó una película, con equipo y elenco guatemaltecos. Respecto a la represión, los conceptos de tierra arrasada y genocidio son usados generalmente para explicar los hechos que aún hoy siguen develándose. Y respecto a la película, Tahuanca, gran señor de la selva (1986), fue una producción de César Beltetón que dirigió Herminio Muñoz Robledo, la única golondrina en ese invierno que algunos han descrito como infierno.


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